La Comuna es la base de todo Estado: Ximena González Broquen (Venezuela)
Publicado el 29 de mayo de 2026
|Hoy, 28 de mayo de 2026, al recordar la represión de la Comuna de París —esa “semana sangrienta” de mayo de 1871—, no lo hacemos como quien escucha un eco lejano o repasa una polvorienta lección de historia, sino porque su significado sigue interpelándonos. La Comuna duró apenas 72 días, del 18 de marzo al 28 de mayo, pero en ese brevísimo lapso el pueblo de París demostró que es posible organizar el poder desde abajo, con la comuna como célula fundamental del Estado. La reacción del gobierno de turno, el de Thiers, fue feroz: fusilamientos masivos, bombardeos a la ciudad abierta, encarcelamiento y deportación de decenas de miles. Frente a tanta barbarie, las palabras de Víctor Hugo resuenan con verdad eterna: «El cadáver está en tierra, y la idea en pie». Esa idea de Comuna —la misma que el Comité Central de la Comuna proclamó en una de sus primeras declaraciones— sigue viva hoy, y en Venezuela se ha convertido en una práctica cotidiana de liberación.
En esos últimos días de mayo de 1871, los de la semana sangrienta que recordamos hoy, los miembros de la Comuna resistieron de manera heroica, aunque descoordinada, distrito por distrito, calle por calle, barricada por barricada, hasta el último aliento, hasta ese 28 de mayo, cuando la última barricada de la Comuna cayó. Los miembros de la Comuna que no fueron fusilados en esos días de represión sangrienta fueron almacenados como animales en los parques y estaciones de tren —donde la buena sociedad parisina venía a verlos como en un zoológico— para después ser ejecutados y deportados en masa.
La historia que construyó El gobierno de Thiers para intentar destruir su potencial transformador fue la de una Comuna protagonizada por incendiarios, alcohólicos, degenerados sexuales y mujeres «desnaturalizadas». Porque, para justificar y asegurar la represión, el gobierno de Thiers inventó muchos «mitos» sobre los comuneros, transformándolos y reduciéndolos a asesinos, alcohólicos, ladrones y bandidos, utilizando la prensa como medio propagador de odios y temores, haciendo circular fotomontajes que ponían en escena pseudo ejecuciones realizadas por ellos y presentándolos como crueles y violentos. Uno de esos mitos más patentes fue el invento de la leyenda de las petroleras para calificar a las comuneras, como furias que lanzaban petróleo ardiendo desde los sótanos para matar o mutilar a la gente. Este mito hizo que, durante la represión de la Comuna y las semanas que la siguieron, toda mujer «mal vestida» o que llevara un cacharro para leche o una botella vacía fuera acusada de petrolera, arrastrada, despedazada, muerta a tiros contra la pared más próxima.
Pero más allá del horror de la masacre, lo que nos importa recordar hoy de la Comuna de París es la potencia de su proclama central, aquella que su Comité Central hizo pública en sus primeras declaraciones: «La Comuna es la base de todo Estado Político». No se trataba de una reforma cosmética, sino de una refundación completa: el Estado debía construirse desde abajo, desde la célula de la comuna hasta las confederaciones de comunas, y solo así podría hablarse de verdadera soberanía popular. Esta idea sigue siendo tan radical hoy como lo fue entonces. Porque contiene la idea fuerza de una reorganización del Estado desde el territorio de vida, donde la comuna, como autogobierno popular, constituye la célula orgánica del edificio estatal. Es, a la vez, la base y el horizonte de sentido a partir de la cual y para la cual el Estado se desarrolla. Porque la Comuna de París, como reivindicación de democracia directa, exigió mucho más que la transparencia, mucho más que la participación: puso en práctica el control real y directo, el poder de autoadministrarse y de autogobernarse en común.
El 18 de marzo de 1871 que dio inicio a la Comuna, los parisinos y parisinas tomaron, de manera espontánea, el control directo de su ciudad. Ninguna organización preparó esta revolución: ni el Comité Central, ni la Guardia Nacional, ni la Internacional. Los miembros del gobierno huyeron a Versalles. ¿Quién fue el sujeto de la Comuna? La Comuna de París fue una revolución protagonizada por el pueblo autoorganizado. Fue la acción de muchas personas que, juntas y sin protagonismos individualistas, supieron constituir, en un minúsculo lapso de tiempo, una verdadera comunidad revolucionaria, es decir, una comuna.
La primera acción de la Comuna marcó el tono: el Comité Central de la Guardia Nacional, que acababa de tomar el poder, pretendía entregárselo a los parisinos y parisinas lo más rápido posible. Su primera medida, al día siguiente —el 19 de marzo—, fue convocar a elecciones libres para darle al pueblo el ejercicio real y concreto de su soberanía recientemente recuperada: «El pueblo tiene el derecho de convocarse a sí mismo. Es un derecho innegable». Las acciones del Comité en los días previos fueron rápidas y contundentes: envió delegados que se apoderaron de los ministerios y servicios públicos, decretó la supresión del estado de sitio, la abolición de los consejos de guerra y la amnistía para todos los crímenes y delitos políticos. Suspendió la venta de los objetos empeñados, prohibió a los propietarios despedir inquilinos, respetó la libertad de una prensa que lo atacaba, y reorganizó el mapa electoral con un sistema proporcional. El 26 de marzo se realizaron esas elecciones y, al día siguiente, el Comité Central entregó sus poderes a la Comuna, que fue proclamada en nombre del pueblo y conformada por los delegados elegidos en cada circunscripción.
Ese mismo 26 de marzo, la última declaración del Comité fue más que clara sobre sus intenciones revolucionarias: «Ciudadano, París no quiere reinar, pero quiere ser libre; no ambiciona otra dictadura que la del ejemplo, no pretende ni imponer ni abdicar su voluntad; no aspira a lanzar decretos, mas tampoco a soportar plebiscitos; demuestra el movimiento andando, y prepara la libertad de los demás fundando la suya propia. No empuja a nadie a entrar violentamente por la vía de la república; se contenta con entrar en ella primero.»
Ahora, tras este recuento, surge la pregunta inevitable: ¿qué legado nos deja la Comuna de París? Primero que todo, es importante recordar que la palabra «comuna» tiene una larga historia en Europa, donde se utilizó desde la Edad Media para designar territorios autónomos y autoadministrados —es decir, libres de todo señorío feudal—, así como, por extensión, para hacer referencia a los territorios comunales de uso común de las aldeas campesinas (los famosos «comunes» de la Edad Media europea), hasta referirse a una simple unidad administrativa de recorte territorial, como lo es en Francia actualmente. Y para no caer en una visión eurocéntrica, es necesario recordar también que, aquí mismo, en Venezuela, hubo una rebelión de Comuneros en 1781, un siglo antes de la Comuna de París. Esto nos permite entender que el ideal de la comuna —la organización de la vida en común, con tierras de uso colectivo y decisiones asamblearias— ya estaba presente en las formas de vida de nuestros pueblos originarios, mucho antes de la llegada de los europeos. ¿Qué nos enseña esto? Que la Comuna de París no debe ser elevada a modelo universal ni considerada el único origen legítimo de la tradición comunal. Cada pueblo, desde sus propias memorias y prácticas, ha desarrollado formas de autogobierno que merecen ser valoradas en su especificidad.
En todo caso, si hoy en día la Comuna de París hace eco en nosotros y nosotras, y particularmente aquí en Venezuela, es porque su carga más fuerte estuvo en el cuestionamiento, desde la praxis, de la institución central de la modernidad colonial, racista, clasista y patriarcal: el Estado burgués. La Comuna de París se plantó firme desde la idea de un poder estatal que tiene que estructurarse de abajo hacia arriba, es decir, desde la célula de la comuna hasta los órganos principales del Estado, apuntando a la construcción de una «república de ciudades comunales».
Esa herencia —la de un poder que nace desde los territorios y se eleva hasta convertirse en institucionalidad al servicio de las comunidades— es la que hoy, de manera más profunda y sistemática, se está construyendo en Venezuela. La experiencia venezolana de las últimas dos décadas ha demostrado que la comuna no es una nostalgia del pasado ni una copia de modelos extranjeros, sino una necesidad política del presente.
Cuando el pueblo venezolano, a través del poder constituyente de 1999, decidió refundar la república, no lo hizo para cambiar el nombre de las instituciones, sino para cambiar la base misma del poder, y así transformar el horizonte completo de sentido de lo que el poder, la democracia y el Estado significan. Este proceso no ha sido lineal ni exento de contradicciones, pero sus frutos son tangibles. La Ley Orgánica de las Comunas, el Plan de las 7 Transformaciones (7T) —discutido en decenas de miles de asambleas populares— y las sucesivas Consultas Populares Nacionales han ido dando cuerpo a lo que el comandante Hugo Chávez denominó el Estado Comunal. ¿En qué consiste? En una nueva arquitectura del poder donde la soberanía no reside en un parlamento lejano ni en un ejecutivo central, sino en la capacidad de las comunidades organizadas para autogobernarse, para decidir sobre sus recursos, su territorio, su economía, su vida cotidiana.
Hoy, 28 de mayo de 2026, ese proyecto sigue avanzando. Más de cuarenta y siete mil consejos comunales se encuentran activos en todo el territorio nacional. Las Consultas Populares, que en 2025 alcanzaron una participación masiva, se han profundizado en 2026. Una segunda Consulta Popular Nacional de 2026 ya está convocada para el próximo 12 de julio. En esta ocasión, por primera vez, se incorporarán las juntas de condominio (120 mil en todo el país) y las asociaciones de vecinos (15 mil), ampliando aún más la base del poder popular. Cada asamblea comunal es una escuela de soberanía: allí se discute, se prioriza, se ejecuta y se controla.
En ese hacer cotidiano se practica la corresponsabilidad, entendida no como un principio moral abstracto, sino como una ética del hacer común: la certeza de que lo común se construye juntos, paso a paso, conflicto tras conflicto, consenso tras consenso. Ahí se resiste, y, sobre todo, se reexiste. Ahí está nuestra más profunda ofensiva contra el imperialismo, el cual ha desplegado una guerra de múltiples frentes contra Venezuela: bombardeo del 3 de enero, secuestro de nuestro presidente constitucional Nicolás Maduro y de nuestra primera combatiente Cilia Flores; bloqueo económico, sanciones criminales, amenazas militares, lawfare, y sobre todo, una guerra cognitiva permanente. El ataque constante contra las capacidades productivas del país y el intento de despojarnos de nuestras riquezas naturales —petróleo, gas, minerales estratégicos, agua, biodiversidad— son la savia que alimenta esa maquinaria de destrucción.
A esto se suma, como una línea constante y no un hecho aislado, una persistente e histórica campaña de criminalización que busca presentar a Venezuela como un «narcoestado» y a sus líderes como narcotraficantes, que pretende bestializar a nuestras lideresas, a nuestra presidenta encargada. Los laboratorios de guerra cognitiva del Norte actualizan sin cesar la misma lógica que en 1871 inventó la leyenda de las «petroleras» para deshumanizar a las comuneras de París: siembran dudas sobre la lealtad de nuestra dirigencia, sobre la unidad del movimiento popular, exacerban diferencias legítimas para convertirlas en fracturas, y sobre todo, intentan robarle al pueblo su memoria viva. Intentan hacernos olvidar que aquí, en Venezuela, hemos preservado y sostenido el hilo constitucional, pese al bombardeo y al secuestro que pretendían disolver nuestros cuerpos y nuestras estructuras de gobierno; hemos continuado y reforzado nuestra unión, esa del poder constituido y poder constituyente. Asumiendo cada uno y una, su espacio y territorio de poder, en medio del campo de batalla, con sus estrategias, sus silencios propios y sus fuerzas.
Esa memoria —que no se guarda en museos, sino que late en los cuerpos y se transmite en las prácticas cotidianas— nos permite reconocer el patrón: el mismo que quiso enterrar a la Comuna bajo el cemento de una basílica, el mismo que disolvió el cuerpo de Lumumba en ácido. Frente a esa lógica de aniquilamiento, la memoria viva es un arma de resistencia.
Por eso, en Venezuela se ha comprendido que la memoria no es un adorno cultural, sino una herramienta estratégica de lucha. Este archivo vivo de las resistencias nos enseña que nuestros antepasados originarios, africanos y campesinos encontraron formas de preservar lo esencial incluso bajo las condiciones más adversas. Esa sabiduría se actualiza hoy en la capacidad de las comunas venezolanas para adaptarse, para sortear el bloqueo con creatividad, para mantener viva la producción y el cuidado colectivo a pesar de todo. Para saber entender, sentí pensar, los silencios de nuestros líderes no como ausencias, sino como ingeniería de reelaboración política, espacios de maniobra para sostener nuestro horizonte revolucionario. Juntos y juntas, en juntadera.
Entendiendo, tal como lo entendieron los comuneros de París, que la soberanía no puede reducirse a un atributo estático del Estado-nación. Recordando que la soberanía es una práctica, un quehacer constante que abarca múltiples dimensiones: implica mantener vivo el cuerpo-territorio colectivo, la defensa de la tierra, el agua, los recursos estratégicos frente al despojo imperial. También supone la capacidad de narrarse a sí mismo con palabras propias, de construir pensamiento propio desde las asambleas populares, los medios comunitarios, las escuelas de formación política. Incluye el derecho a reclamar la historia negada, a hilar futuros de liberación desde un pasado-presente de luchas.
En este 2026 se cumplen doscientos años del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar con el sueño de reunir a las naciones recién liberadas en un solo cuerpo político. Bolívar advertía entonces que, si no nos uníamos, las potencias europeas y el emergente poder norteamericano nos dominarían por separado. Hoy, esa profecía se actualiza con una crudeza mayor. En todo el continente, la arremetida imperialista ha tomado rostros sangrientos: el recrudecimiento del bloqueo contra Cuba, el golpe permanente contra Bolivia, el avance de gobiernos de ultraderecha y fascistas que entregan los recursos nacionales y reprimen a sus pueblos. Frente a ello, la idea bolivariana de la unión nos convoca hoy con más fuerza que nunca. Bolívar nos sigue convocando. Porque la única manera de resistir es tejiendo un frente común, una red de alianzas y de unidad entre los pueblos del Sur, una unidad que no es opcional sino condición urgente de supervivencia, hoy más que nunca.
Porque en el centro de todas estas dimensiones se encuentra el hacer comuna como práctica de una paz constituyente. No la paz del silencio, de los acuerdos de élite, de la sumisión al orden establecido. Sino la paz que se forja en el conflicto asumido con ética, en la disputa por el sentido de lo común, en la construcción cotidiana de un poder que no se delega, sino que se ejerce. Esa paz es, ni más ni menos, el despliegue del poder popular constituyente en cada rincón del territorio venezolano. Hay que recordar que allí está, en los territorios, nuestro ejército popular de reserva: esos millones de mujeres y hombres organizados que somos y que defendemos lo que no se puede ceder: la tierra —fuente de toda riqueza y de todo trabajo vivo—, la memoria y la esperanza. El amor revolucionario. Y como si el tiempo se plegara sobre sí mismo, recordemos una vez más las palabras de Víctor Hugo: el cadáver de la Comuna de París quedó en tierra, pero su idea sigue en pie.
Hoy, día de conmemoración y homenaje a los comuneros de París caídos en combate, deportados y asesinados, desde Venezuela reafirmamos que no se está negociando con ese horizonte de sentido que es la comuna. Esta no es una meta lejana ni un eslogan de campaña. Es el horizonte por el cual se lucha cada instante, en el día a día, pese a las derrotas, pese a las humillaciones, pese al acecho permanente del imperio y sus lacayos locales. La dignidad del pueblo venezolano no reside en otra cosa que, en esa fuerza de echar para adelante, en esa capacidad de autoconvocarse una y otra vez, de entender que las estrategias de defensa de la vida no pueden ser estáticas. Que no se trata de un plan fijo ni de una simple secuencia de hechos previsibles, sino de la fuerza movediza del poder popular organizado en el campo de batalla cotidiano, ese que ha aprendido que el poder no es un lugar que se toma —como si bastara con asaltar un palacio para cambiar el mundo— sino un territorio que se construye, ladrillo a ladrillo, asamblea a asamblea, desde el devenir de lo que viene sucediendo. La comuna no es un adorno ni una concesión: es la esencia misma de un pueblo que ha decidido ser sujeto de su propia historia, una elaboración política constante, viva, que no negocia con sus horizontes de sentido.
La comuna venezolana sabe que la lealtad verdadera es la de la vida del pueblo y a la posibilidad de seguir luchando. Y sabe también que la verdadera traición sería permitir que un relato envenenado, fabricado en los laboratorios de guerra cognitiva del Norte, divida y paralice a quienes construyen un mundo nuevo. En medio de la guerra de relatos que pretende instalar matrices de traición —acusaciones de vendepatria, de desviación del rumbo, de claudicación ante el imperio—, es necesario, entonces, aprender a escuchar los silencios. Porque no todo se dice en las declaraciones oficiales ni en los comunicados de prensa. En los silencios de las comunidades organizadas, en las pausas de las asambleas donde se sopesa una decisión difícil, en la escucha atenta de los saberes ancestrales que no necesitan gritar para ser efectivos, allí se están elaborando las estrategias más profundas.
La Comuna de París, hoy, en este día de doloroso recuerdo de su sangrienta represión, en definitiva, nos llama a repensarnos, a la luz de sus aciertos y de sus errores, en el hacer comuna y de confederación de ciudades comunales, ideas que lanzó nuestro Comandante Chávez y que vienen construyéndose, materializándose, paso a paso, consejo comunal por consejo comunal, comuna por comuna, aquí en Venezuela.
Marx dijo de la Comuna: «Era la primera revolución en que la clase obrera (extrapolemos al poder popular) fue abiertamente reconocida como la única capaz de iniciativa social». Somos la prueba de que no fue ni será la última. Porque hoy, en Venezuela, el poder popular constituyente sigue escribiendo su propia historia de la mano del poder constituido que se ha dado, cada cual, desde su espacio, cada cual desde los desafíos que las correlaciones de fuerzas existentes le trazan. Y mientras haya una comuna en pie, un consejo comunal en asamblea, una mujer decidiendo sobre el destino de su barrio, un pueblo que se niega a ser borrado, la idea de la Comuna seguirá viva. Viva como práctica cotidiana, organización en los territorios, memoria viva que se niega a ser secuestrada, amor político que teje lo común frente a la barbarie. Por eso, desde Venezuela, con la certeza de que otro mundo es posible y se está construyendo, reafirmamos: la comuna es la base de todo Estado político, y ese horizonte no está en venta, no se negocia, no se aplaza. Se vive, se lucha, se defiende. ¡Comuna o Nada!
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