Marcelo Colussi
No era la primera vez que viajaba a Gran Bretaña, aunque sí la primera
que lo hacía para esta nueva compañía petrolera. Su inglés era
excelente, sin dudas. Pero además, y fundamentalmente, era su
preparación gerencial la que lo había llevado a ocupar ese puesto:
director de relaciones comerciales internacionales. No era común que
alguien a los 35 años pudiera llegar allí.
Piotr Petróvich siempre había destacado en todo lo que hacía. Ser el
nieto de uno de los soldados más famosos de la Gran Guerra Patria no era
cualquier cosa: en los años de la Unión Soviética le había deportado
muchas satisfacciones. Ahora, en la Rusia capitalista, también había
sabido aprovecharlo. Su abuelo había sido uno de los muchachos
–veinteañeros en aquel entonces, acompañando a Melitón Varlámovich
Kantaria y Mijaíl Yegórov– que aparecían en la hoy día ya mítica foto de
los soldados soviéticos colocando la bandera roja en lo alto del
Reichstag, en Berlín, marcando así el final de la aventura nazi y el fin
de la Segunda Guerra Mundial.
Años atrás, Piotr Petróvich había sido un activo militante de la
Juventud del Partido Comunista. Comprometido, estudioso, siempre listo
para cualquier actividad, era un ejemplo para todos sus compañeros. La
imagen de su abuelo, Gavrilovich Mishe, que le relatara una y mil veces
anécdotas de la guerra y de la granja colectiva donde luego trabajara,
continuaba aún hoy siendo uno de sus principales guías, más aún que la
de su padre.
Con la caída del socialismo Piotr Petróvich había entrado en shock. No
podía entender cómo una potencia tan sólida, con principios tan
arraigados, heroicamente vencedora de la monstruosa guerra que se había
librado en su contra, podía caer casi sin pena ni gloria. Él se sentía
hondamente un militante comunista. En el momento de la desintegración,
cuando el presidente Yeltsin lo anunciaba, por más de una semana no le
dirigió la palabra a nadie, absolutamente a nadie. Se encerró en un
cuarto de su casa y bebió vodka como nunca antes lo había hecho ni nunca
jamás lo volvería a hacer.
En un momento de esa crisis incluso llegó a pensar en suicidarse. Pero
desde que, al año siguiente de la caída, conoció la obra de ese mezquino
pensador estadounidense de origen japonés que preconizaba el fin de la
historia, algo se disparó en él dotándolo de una nueva fuerza,
infinitamente más arraigada que las anteriores convicciones. “¿Cómo «el
fin de la historia»? ¡Está loco! La historia nunca termina”, se decía
con fiereza.
Con motivo de los enormes cambios que sufría el país para esos momentos,
Piotr Petróvich perdió su trabajo como administrador de una fábrica de
botas en Moscú. Desesperanzado de todo, tuvo que hacer increíbles
esfuerzos para no dejarse arrastrar por la tentación de beber. Su primer
hijo, en ese momento el único, Vassily, sufrió grandes penurias por la
desocupación de su padre. El salario de su madre –profesora de escuela
media– de pronto cayó a menos de la mitad, por lo que toda la familia
muy magramente pudo sobrevivir con ese único ingreso. Debieron pasar
casi diez años para que Piotr encontrara un buen puesto. Fue ahí cuando
llegó la hija: Lidochka.
Su indiscutida capacidad le permitió afrontar el temporal en los peores
momentos. Haciendo tremendos sacrificios, tanto él como su compañera
Stasia, pudieron mantener vivo a Vassily, y pese a lo tormentoso que se
había vuelto todo, sobrevivir ellos de algún modo. Por absoluta
capacidad personal, sin apelar a ningún contacto ni recomendación –Piotr
Petróvich siempre había sido mortal enemigo de esos favoritismos dentro
del Partido, de aquí que fuera un acérrimo crítico de la Nomenklatura–
logró entrar en esta nueva empresa petrolera privada.
Era una compañía pequeña, fundada por ex funcionarios soviéticos de
segunda línea. No disponían de enormes capitales, pero sí tenían muchas
relaciones, tanto en Rusia como en el extranjero, lo que les permitía
moverse con soltura. Ahora habían seleccionado muy cuidadosamente a
ciertos cuadros para intentar relaciones con inversionistas extranjeros.
El primer disparo era hacia Gran Bretaña.
Dado que Piotr Petróvich era un maestro para el arte diplomático, se
había confiado en él para este primer acercamiento: viajaba a Londres
para verse con funcionarios de primera línea de la Royal Dutch Shell.
Iba acompañado por su asistente, el joven Rishim Fedyenka. Había fuertes
expectativas sobre lo que se podía lograr; la carta que ofrecían los
empresarios rusos era conseguir de Moscú derechos de prospección para
nuevos campos petroleros en Siberia que, de ser rentables, explotarían
conjuntamente el gigante anglo-holandés con esta nueva empresa rusa. El
porcentaje que había que dejar al gobierno ruso ya se había negociado en
un 7,5% de las ganancias de los diez primeros años.
A Piotr Petróvich le dolía muy profundamente en lo más recóndito de su
alma ser parte de estos negociados; se sentía un traidor a la patria, a
sus ideales, a las enseñanzas de quien para él seguía siendo un héroe,
su abuelo Gavrilovich Mishe. Un comunista no podía hacer eso. Pero…
“había que vivir”, se convencía a sí mismo. Más aún ahora que había
llegado la pequeña Lidochka. Ante la crisis, antes que Piotr entrara a
esta empresa, su esposa Stasia había ofrecido, muy honestamente, viajar a
Europa occidental para prostituirse. Al menos, sólo por un tiempo, para
salir de la crisis. Aún estaba joven y bonita, y eran numerosas las
mujeres rusas que lo hacían, a punto que ya se había perdido el pudor.
Piotr lo desestimó de un tajo. “¡No podemos caer tan bajo, con todo el
respeto por las trabajadores sexuales!”… La oferta de su compañera más
la petulancia del grito triunfal de ese intelectual estadounidense lo
llenaron de tal odio, de tal consternación, que dentro suyo le fue
naciendo un inconmensurable, monumental deseo de venganza. “¿Quién dijo
que el odio no es bueno? A veces puede ser el mejor, quizá el único
medio para ponernos en marcha” reflexionaba amargado.
Según se había pactado entre los ex jerarcas de gobierno –ahora jerarcas
empresariales– y los funcionarios británicos y holandeses, sería una
sorpresa quién recibiría al enviado ruso. Piotr Petróvich no se lo
imaginaba. Con su asistente dedicaron buena parte de las horas del viaje
en el avión a intentar descifrar la sorpresa, pero no se atrevieron a
formular un vaticinio cierto. Se dejarían sorprender entonces.
La cita fue en el lujoso Great Northern Hotel. Luego de dormir la
primera noche y descansar y aclimatarse toda la mañana siguiente,
después del almuerzo, un día martes se dio el encuentro. Quien
representaba a la petrolera británico-holandesa llegó con su pequeño
séquito –seis asistentes– exactamente a la hora pactada, vestido con una
elegancia que parecía más de un noble que de un ejecutivo de empresa.
Era mayor que Piotr Petróvich; cincuentón, atlético y mirada penetrante,
peinaba canas. El broche en la solapa del saco era de oro puro del más
alto quilate.
Los rusos estaban vestidos para la ocasión, pero había una diferencia en
el porte con sus anfitriones que se percibía a simple vista. Piotr
Petróvich nunca se había esmerado especialmente por su indumentaria.
Cuando estaba por estrechar las manos de sus colegas extranjeros se dio
cuenta que llevaba puesto un calcetín de distinto color en cada pie.
“Bueno…, pero yo no vengo a modelar”, se dijo convenciéndose.
La sorpresa fue grande, pero el recibimiento fue solo un tímido inicio.
La sorpresa iría paulatinamente en aumento. No se esperaba ser recibido
por un hablante de perfecto ruso, ni tampoco con un buen vaso de vodka.
Como la conversación inmediatamente se redujo a un diálogo entre ellos
dos –Piotr Petróvich y su canoso y elegante interlocutor–, el visitante
moscovita no tuvo empacho en continuar hablando en ruso, olvidándose del
resto del grupo. O, al menos, de los acompañantes del funcionario de la
compañía Shell, de quienes no sabía si también hablarían esa lengua. A
su asistente no le dio el más mínimo chance de participar en la
conversación.
“Me sorprende su admirable manejo del idioma ruso; no parece usted
extranjero”, dijo como cumplido Piotr tratando de ser amable mientras se
despachaba su primer vaso de vodka.
“Es que…en realidad no lo soy. Y a mí, mi estimado representante, me
complace muy gratamente tenerlo aquí, en esta capital occidental, porque
eso quiere decir que las cosas están cambiando mucho en mi país, y
están cambiando para bien, lo cual me alegra sobremanera”.
Había algo en la expresión, en la actitud general de ese impecable
rusohablante que a Piotr Petróvich le desagradaba. No podía decir qué
era, pero sabía que algo lo molestaba muy profundamente. Tal vez sus
modales tan refinados, sus uñas tan cuidadas, su camisa tan
perfectamente planchada. Por otro lado, esta muestra de efusividad por
los cambios en el país no la podía digerir (como tampoco podía digerir
los cambios en curso, aunque ahora representara a una empresa privada).
“Entonces… ¿usted es ruso?”, preguntó con cierta timidez.
“¡Por supuesto! Ruso de todas las Rusias, ¡y no soviético!, tal como se
debe ser correctamente”, espetó altivo el anfitrión. Sus acompañantes
parecían no entender el idioma en que se desarrollaba la conversación,
por lo que permanecían distantes. Rishim Fedyenka, el ayudante de Piotr,
a quien nunca se dirigía este elegante ruso de quien no se sabía aún la
identidad, también mostraba desinterés por lo que se hablaba.
Lo que sí era evidente es que el anfitrión no comulgaba con la Unión
Soviética; su expresión de alegría cuando habló del quiebre del primer
Estado obrero fue inocultable.
“Esperemos que ahora vengan tiempos mejores en mi querida madre patria.
¿Para qué le voy a mentir?”, expresó de pronto con aire sombrío el
funcionario petrolero. “Sigo albergando la esperanza de volver a ser lo
que mi tío-abuelo Nicolás nunca debería haber dejado de ser”. El rostro
de Piotr Petróvich se contrajo amargamente.
“¿Su tío-abuelo, dice?... ¿Nicolás?”. Por un instante quedó mudo y
sintió la necesidad de otro vaso de vodka. Pero no se atrevió a pedirlo.
“¿Su tío-abuelo? Entonces, por casualidad… ¿usted es Romanov?”,
preguntó Piotr sin poder creerlo, buscando la mirada cómplice de Rishim
Fedyenka, pero éste parecía absorto en cualquier otra cosa menos en la
conversación que estaba desarrollándose frente a sus narices.
“¡Así es!, mi querido amigo Piotr Petróvich Ivánovich: está usted ante
el Príncipe heredero Fyodor Gennadi Romanov. Seguramente ahora, con los
cambios que están teniendo lugar, en un día quizá nada lejano volveré a
ser Su Excelencia, y ustedes dos –lo dijo sin dirigirle la mirada a
Rishim Fedyenka– serán nuevamente súbditos de su Alteza el Zar”.
Conforme iba hablando, se le iba encendiendo el rostro y alzaba más y
más la voz.
Piotr Petróvich sintió que le hervía la sangre. No sabía bien cómo
actuar, si responder con una sonrisa benevolente, si insultarlo y
defender la Gran Revolución Socialista de Octubre –que, estaba seguro,
no había terminado sino sólo sufrido un golpe y que regresaría tarde o
temprano– o simplemente pasar al tema comercial que los traía. Optó por
este último.
“Sí, puede ser. ¿Y qué tal si hablamos de los negocios del petróleo,
Romanov?”, se apuró a intervenir Piotr, bajándole totalmente el perfil a
lo recién expuesto por el descendiente de la familia real.
Como si nada hubiera dicho Piotr Petróvich, Romanov continuó en la misma
sintonía. “¿Y cómo ve usted todo lo que está sucediendo ahora en
nuestra amada Rusia?”
“Mire, para serle franco, yo no conozco nada de política. Simplemente
soy un administrador de empresas, y ahora vengo como enviado para
negociar algunos puntos comerciales con su compañía”, dijo con modestia
Piotr Petróvich. Buscaba evitar a toda costa una profundización del tema
político, eso sobre lo que inquiría insistente Romanov.
Pero el presunto noble no tenía la más mínima intención de hablar de
otra cosa que no fuera la situación de Rusia. No estaba claro si la
transacción comercial en torno al petróleo entraría en la agenda. Por su
insistencia, parecía que no.
Sin dignarse siquiera a mirar a Rishim Fedyenka, hablándole solo a Piotr Petróvich, con tono enérgico volvió a preguntar.
“Pero, ¡¿cómo?!, camarada Ivánovich: ¿todo un cuadro del desintegrado
Partido Comunista de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
que no quiera hablar de política? ¡No se lo puedo creer!”
Dicho esto, cuatro de los asistentes de Romanov se levantaron de sus
sillas, y profiriendo un ruido que podría haberse interpretado como una
disculpa, se retiraron. Rishim Fedyenka, confundido, buscó la mirada de
Piotr buscando alguna indicación de qué hacer. Piotr, con un movimiento
de su mano, le indicó que se retirara.
“Bueno, no sé de qué se tratará exactamente todo esto, Romanov, pero
dígame cómo es el juego. ¿Hablamos de negocios o no?”, preguntó exigente
el joven enviado.
“Todo a su debido tiempo, mi amigo. Todo a su debido tiempo”, dijo con
serenidad pasmosa Romanov. “Por supuesto que hablaremos del petróleo, de
los negocios, de nuestras inversiones. Pero antes quiero saber de
primera mano, de alguien como usted que fue un comunista y ahora trabaja
para la iniciativa privada, ¿cómo están las cosas? ¿Otro vodka?”
Piotr Petróvich se encontraba confundido. No sabía si esto era un
montaje, un chiste de mal gusto, una forma de obligarlo a negociar bajo
presión y ceder demasiado a la Shell…, o la locura de un chiflado que se
sentía descendiente del Zar. ¿O era realmente el heredero del Zar y
estaba preparando su regreso? No quería reaccionar intempestivo, porque
eso ponía en peligro todo: la transacción, su puesto en la empresa rusa,
quizá su vida. ¿Por qué se habrían retirado cuatro de los seis
acompañantes?
“Vea, Romanov: si quiere que hablemos de todo eso… Bueno, con gusto:
pero le pediría que se retire toda su gente y conversemos sólo nosotros
dos, ¿sí?”
“Concedido”, asintió Romanov. Con un leve gesto de su cabeza indicó a
los dos asistentes que aún permanecían en ese reservado del lobby del
hotel que se retiraran, cosa que hicieron al momento.
“Pues bien: ¿qué es lo que quiere saber exactamente, Romanov?”. Piotr
sentía que los músculos de la cara se le tensaban no pudiendo disimular
su malestar. Él solo, sin mediar palabra, se sirvió un nuevo vaso de
vodka, más lleno que el anterior.
“Lo que acabo de decirle: ¿cómo ve usted la situación por allá? ¡Y por favor, sea sincero!”
“¿Cómo la veo? Mmmm…, está difícil decir eso en pocas palabras.”
“¿Quién dijo que tienen que ser pocas palabras? ¡Tómese todo el tiempo que desee! No tengo apuro”
“Pues bien: la verdad… está complicado”. Era evidente que Piotr
Petróvich no quería hablar con franqueza. Estaba desconcertado: en lo
más íntimo de sí repudiaba todo lo que estaba pasando en su país. Más
aún: desde cierta clandestinidad trabajaba para revertir la situación,
para el retorno del socialismo, pero la fuerza de los acontecimientos se
imponía con tal magnitud que no podía escapar a la lógica que marcaba
el mercado, ahora nuevo dios dominador. Haber tenido que formar parte de
una empresa privada compuesta por ex cuadros del Partido Comunista y
tener que estar ahora hablando cara a cara con un descendiente del Zar
no le parecía posible. En todo caso, le resultaba una pesadilla
agobiante de la que no sabía cuándo iba a salir. Pero la pesadilla
estaba ahí, bien vestida, con un vaso de vodka en la mano y
preguntándole con cara glaciar sobre aspectos que Piotr prefería evitar,
que no se atrevía a nombrar en voz alta en un lujoso hotel de Londres.
“¿Complicado? Y… ¿por qué?”, dijo Romanov con aparatosa indolencia.
“Bueno…, esteee, es que se van perdiendo los logros de la Revolución”.
Romanov reaccionó airado, dando un furioso golpe sobre la mesa. “¿¡Logros!? ¿Qué logros?”
Llegado a este punto, Piotr Petróvich ya no pudo controlarse más. Con
fuego en la mirada, amenazante, casi gritando respondió con vehemencia:
“¿Qué logros? ¿Y todavía puede tener el descaro de preguntarlo, pedazo
de parásito? Todo un día no nos alcanzaría para que le cuente todos los
logros que tuvo la Revolución luego que los sacaron a ustedes del poder.
¿No se enteró que la Unión Soviética era una potencia mundial? Lo que
su familia, cuando gobernaba el país, no pudo ni quiso hacer, la heroica
Revolución Socialista de Octubre de 1917 sí lo consiguió. Las 15
repúblicas que conformaban la Unión Soviética terminaron con el hambre,
con la pobreza, con el analfabetismo y el atraso de millones y millones
de trabajadores. ¡¿O no se enteró de eso, prospecto de Zar?! La Unión
Soviética tuvo no sé cuántos Premios Nobel, desarrolló la ciencia,
avanzó, fue un ejemplo para la Humanidad, fue pionera en investigación
espacial, desarrolló la energía nuclear, trató a su población como seres
humanos y no como bestias, tal como hacían ustedes los llamados nobles.
¿Quiere que continúe con los logros? En el primer Estado obrero del
mundo ya nadie pasó penurias, nadie se quedó sin techo, nadie pasó frío y
durante 70 años el pasaje del metro no aumentó un céntimo. Tuvo los
mejores atletas del mundo, grandes científicos, grandes artistas. El
arte dejó de ser un lujo y cualquier trabajador podía apreciar el
Bolshoi o la Filarmónica de Moscú, esas glorias de la cultura universal.
¡Y le digo más, Romanov! Con el esfuerzo maravilloso de toda una
población y veinte millones de camaradas muertos, ¡veinte millones!, ¿me
escuchó?, con ese supremo, heroico, inmortal esfuerzo, se detuvo el
avance del fascismo por la faz del planeta en la Gran Guerra Patria. ¿No
se había enterado de todo eso, camarada?”
Por un instante se hizo un silencio sepulcral. Muchas personas cercanas
al reservado del salón donde se encontraban, aunque sin entender el ruso
en que hablaban, tornaron sus miradas y oídos hacia los dos hombres por
lo impetuoso de la discusión. Algunos de los asistentes de Romanov, al
escuchar que las palabras de Piotr Petróvich se encendían cada vez más,
se acercaron rápidamente intuyendo algún peligro.
“Sí, todo lo que usted quiera, mi querido amigo”, preguntó Romanov con
tono burlesco. “Pero ¿por qué cayó entonces esa “maravilla”, tal como
usted la llama?”
“¿Quién dijo que cayó? En todo caso, como nuestra canción Kalynka maya,
ya famosa en todo el mundo hoy día, y que me imagino aquí en Inglaterra
conocen bien dado que uno de nuestros nuevos magnates rusos, que compró
un equipo de fútbol de este país, gusta ponerla antes de cada partido;
bueno, como Kalynka maya, la revolución tiene momentos lentos y momentos
rápidos. Ahora estamos pasando por uno de esos momentos lentos, donde
pareciera que nos detuvimos. Pero ya agarraremos velocidad, Romanov,
como en la canción. ¡Ya lo va a ver!”
“¡Qué poético!”, volvió a burlarse Romanov.
“Búrlese, si quiere. Pero parásitos como ustedes ya no volverán nunca
jamás a mi patria. Y si vuelven… ¡tendrán que trabajar para comer!”.
“¿Y por qué está haciendo negocios ahora con una gran empresa
capitalista para la que yo trabajo, de momento, hasta regresar a San
Petersburgo como dios manda cuando vuelva a reinar? ¿No era que se había
terminado el capitalismo en Rusia?”, preguntó el descendiente del Zar,
ahora con tono sombrío.
“No se haga ilusiones, Romanov. La gente no es estúpida. Los primeros
años de la restauración quedamos boquiabiertas con los espejitos de
colores que nos llegaron; pero ya pasó eso. Ahora, cuando el hambre y el
frío aprietan, ya vimos lo que pueden ser ustedes, lo que puede
ofrecernos la empresa privada, la Shell o la Coca-Cola. El socialismo,
como el pasaje lento de Kalynka maya, de momento está dormido, pero ya
va a tomar velocidad de nuevo. Créame que ya en varias encuestas, tres
terceras partes de la población se manifestó por la vuelta a lo que
perdió, lo añora, lo espera de nuevo. Estamos en el momento lento, señor
Zar.., pero ya Kalynka maya va a volver a tomar impulso”, arengó Piotr
Petróvich con su dedo índice admonitorio. Romanov enrojecía cuando lo
escuchaba.
El joven Rishim Fedyenka nunca pudo explicar exactamente qué pasó. Esa
noche, luego de la acalorada discusión entre su jefe Piotr Petróvich y
el Príncipe heredero –al menos quien con ese nobiliario título se había
presentado– subieron juntos al piso donde tenían sus respectivas
habitaciones, él y el delegado de la petrolera rusa. Cuando Rishim le
preguntó cómo había terminado la que parecía una acalorada discusión con
Romanov, Piotr Petróvich se fue por la tangente y no le contestó.
Escuetamente se limitó a decirle que al día siguiente a las 9 horas se
reunirían nuevamente ambas partes en el lobby del hotel, por lo que le
rogaba estar puntual en esa cita, ya desayunado.
Sin preguntar más nada esa noche, visto que la situación no lo permitía,
Rishim cumplió con lo que se le pedía. Media hora antes de las nueve ya
estaba preparado, esperando a su jefe y a la gente de la petrolera
anglo-holandesa. Con unos minutos de antelación a la hora pactada
comenzó a percibir el movimiento. Piotr aún no llegaba, y los
acompañantes de Romanov se mostraban especialmente alterados. Con
discreción al principio, crecientemente alarmados luego, todos hicieron
pública su desesperación. Los agentes de seguridad del hotel se
movilizaron, creándose un clima de zozobra general. Ya no era posible
ocultarlo: habían desaparecido Piotr Petróvich y Fyodor Gennadi Romanov,
que también se hospedaba en el Great Northern, sin dejar el más mínimo
rastro. En unos minutos más, ya todo el hotel estaba conmocionado.
Como suele suceder en casos similares, la prensa llega a la escena de la
noticia antes que la policía. Efectivamente, cuando apareció el primer
vehículo policial ya había personal de dos canales televisivos, de una
radio y de dos periódicos cubriendo la nota: habían desaparecido como
por arte de magia sendos funcionarios de dos petroleras, el ciudadano
ruso Piotr Petróvich Ivánovich, de Petróleos de Rusia S.A., y el
ciudadano británico de origen ruso Fyodor Gennadi Romanov, de la Royal
Dutch Shell, descendiente directo del último Zar de Rusia, Nicolás II.
El personal subalterno de ambos cuadros gerenciales no se explicaba qué
había pasado.
Luego de una semana de infructuosa búsqueda en todo Londres y zonas
aledañas por parte de la policía y fuerzas especiales, Rishim Fedyenka
fue llamado por sus superiores para que regresara a Moscú. Sin dejar de
haber pasado por un par de interrogatorios con Scotland Yard, el joven
ruso marchó de regreso a su país. Nunca fue realmente sospechoso para la
policía británica, pero las reglas de procedimiento indicaban que
también debía ser interrogado, tal como se hizo.
Ya en Moscú, juró y perjuró que no tenía la más remota idea de qué podía
haber sucedido. Contó la discusión que había tenido lugar aquella
tarde, sin que pudiera aportar mayores detalles puesto que se había
movido del lugar donde la misma se había desarrollado. Indicó que
sospechaba que algo andaba mal, pues su superior inmediato, Piotr
Petróvich, había sido inusualmente parco y no le había dado ningún
detalle de lo acontecido, cosa que le llamó la atención, pues era
evidente que la reunión no había sido serena, y mucho menos, de
negocios. Pero más que eso no podía decir. Por supuesto, fue puesto bajo
discreta observación de los servicios de inteligencia rusos, sin que se
le informara nada, obviamente. Pero luego de pormenorizados
seguimientos, nada pudo comprobarse respecto a su participación en esas
misteriosas desapariciones.
Tres semanas después de la “pérdida” de ambos hombres, llegó el primer
comunicado simultáneamente en Londres, Moscú, Nueva York y Pekín,
escondidos con discreción en distintos lugares públicos: un grupo
revolucionario de acción armada no musulmán –Retorno del Socialismo– se
reivindicaba autor del hecho y pedía diez millones de euros como rescate
por el funcionario ruso-británico. Finalmente la empresa pagó ocho.
En Washington causó mucho malestar que el monto solicitado se hubiera
pedido en euros y no en dólares; eso evidenciaba una pérdida de poder.
Romanov finalmente apareció, barbudo y bastante demacrado, en un
suburbio de Nápoles, Italia. De Piotr Petróvich no se supo más nada.
Stasia se considera viuda aunque, en verdad, nunca volvió a formar
pareja, y nunca le faltaron recursos para seguir criando a sus dos
hijos. Esporádicamente hace viajes cortos, sin Vassily ni Lidochka, y
desaparece de la ciudad por un par de días. La policía y los servicios
de espionaje, que siempre la mantienen bajo control, han dicho que en
reiteradas ocasiones habla del retorno del socialismo, y días pasados
dio una charla en un sindicato en San Petersburgo que tituló “Kalynka
maya: metáfora de nuestras luchas”.
Fuente:
ARGENPRESS CULTURAL