miércoles, 7 de diciembre de 2016

NUEVA AGENDA URBANA Y SMART CITY

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Para el trabajo urbano de las NOA
UNO
 
NUEVA AGENDA URBANA Y SMART CITY
 
*Joan Subirats
En la reciente conferencia de Hábitat III en Quito, uno de los elementos claramente novedosos en relación a las anteriores ediciones de Vancouver y Estambul es la presencia del factor tecnológico en la declaración final. Hay bastantes referencias, pero quisiéramos detenernos en especial en las que aluden al tema de “Smart City” (“ciudad inteligente”) y los temas del “Big Data”.
Hemos de recordar, de entrada, que una de las características esenciales del cambio tecnológico que afecta nuestras maneras de producir, movilizarnos, informarnos o consumir es que rompe con espacios y dinámicas de intermediación que habían estado dominando muchos de esos espacios. Y que además, se observa un cambio en las dinámicas de relación entre actores. En efecto, se extiende la convicción que en muchos casos conseguiremos mejores resultados compartiendo y colaborando que si lo hacemos de manera aislada y competitiva. Si partimos de la idea que el conocimiento es una de las claves que explica la potencialidad del cambio, no estaríamos hablando de un bien rival, sino que precisamente la capacidad de cooperar, compartir o colaborar, permitirían multiplicar las potencialidades de innovación. No es precisamente ocultando datos, aislando nuestros hallazgos o ideas, como conseguiríamos los mejores resultados, sino que precisamente sería hibridando esas ideas o datos con otros, cuando podríamos incrementar la eficacia y eficiencia del proceso innovador o creativo. Por citar solo algunas referencias, las aportaciones de Hess-Ostrom (2007), Benkler (2006) o en tono más divulgativo, las de Rifkin (2014) o Mason (2015) apuntan en esa dirección, señalando los límites del modelo competitivo capitalista en ese nuevo escenario.
De esta manera se apunta a que la “sharing economy” (economía del compartir) está ya generando un sector (la economía P2P, Peer to Peer, o producción entre iguales basadas en el procomún, Bauwens, 2005; Kostakis-Bauwens, 2014), que puede ser una esperanza de reindustrialización y de nuevo desarrollo urbano y territorial. La hipótesis sería que la combinación de investigación, programación digital por un lado y producción y consumo por el otro, podrían constituir una alternativa (de acceso libre y universal) innovadora y dinamizadora a la que hoy nos ofrece el capitalismo financiero, de software privativo y de monopolio en las plataformas de acumulación y distribución de datos.
No es este el lugar para desplegar todas las consecuencias de este tipo de planteamiento, que, por otra parte, está dando lugar a una explosión de reflexiones y de prácticas en todo el mundo. Es cierto, no obstante, que en los últimos tiempos empieza a manifestarse asimismo un cierto escepticismo o desencanto por la fuerza con que las plataformas y grandes conglomerados surgidos del modelo Silicon Valley, son capaces de controlar y apropiarse de la gran capacidad de innovación y renovación que la lógica del conocimiento y de la economía compartida conllevan (como ejemplo, Benkler, 2016). Queremos aquí más bien centrarnos, en el espacio de que disponemos, en las potencialidades y límites del escenario urbano, de la ciudad, como espacio de dinámicas colaborativas y como ello ha sido recogido en la Declaración de Quito que ha culminado Hábitat III.
¿Smart City?
Crece el interés por las ciudades como espacios de innovación tecnológica y de experimentación, en momentos en que, como decíamos, se están reformulando los formatos tradicionales de actividad económica en todo el mundo. Un mundo cada vez más urbano. Como se ha dicho reiteradamente, en el 2030 serán dos terceras partes de la humanidad las que vivirán en ciudades. Las megaurbes ya no crecen como antes, pero ahora incrementan su población las ciudades de tamaño grande y medio. En este contexto de alta densidad y de fuerte presencia simultánea de problemas y oportunidades, las posibilidades de implementar los avances tecnológicos son innegables. Además, la gran ventaja es que lo local es lo más global. Si piensas en temas, por ejemplo, de seguridad urbana, de residuos o de movilidad, fácilmente lo que apliques o comercialices en una ciudad lo puedes acabar usando en muchas otras ciudades. Se abren muchas puertas para repensar procesos y estructuras. Cambios que dejarán obsoletas ciertas empresas y actividades que no encuentren su lugar en esos nuevos escenarios, pero que abren muchísimas oportunidades para otros.
El concepto de "Smart City" fue, en este sentido, capaz de recoger e incorporar esas potencialidades y promesas. Sugería cambio y superación del modelo fordista. Prometía nuevas soluciones a viejos problemas de las ciudades, pero al mismo tiempo (como otros conceptos de moda) era suficientemente ambiguo para servir de almohada a lo que cada uno pretendiera. Lo que va quedando claro es que en los últimos años, el liderazgo y la inversión vienen del lado de la oferta, del lado de las grandes corporaciones que han apostado por sistemas avanzados de información y tecnologías de la comunicación y que ahora invierten en el “Internet de las cosas”. Muchas ciudades han acogido con entusiasmo esa perspectiva, al entender que este "solucionismo tecnológico" les permitía salir o prometer salir de situaciones de bloqueo o enfrentarse de manera aparentemente innovadora a problemas enquistados. Hoy por hoy, el modelo de Smart City ha cuajado en una imagen de liderazgo tecnológico en la que predomina una lógica que calificaría de notablemente jerárquica, centralizada, tecnocrática y corporativa (Fernández, 2016). Más centrada en resultados que en procesos. La perspectiva dominante en esa línea apunta a una nueva gestión urbana con tres valores clave: más eficiencia, más seguridad y más sostenibilidad. Esto se concreta en programas que buscan reducir el gasto energético, mejorar la gestión de residuos, favorecer la reducción de consumo de agua, facilitar mejoras en la movilidad urbana y ayudar a una mayor prevención de los delitos en el espacio público. Todo muy prometedor y al mismo tiempo muy políticamente neutral. Aparentemente todos ganan, nadie pierde. Lo cierto es que no ha habido, más allá de la retórica y de experiencias más bien limitadas, demasiado espacio para que los ciudadanos expresen lo que quieren, cómo usan o cómo pueden utilizar esta tecnología de forma autónoma y transformadora, o cómo evitar los riesgos sobre privacidad y libertad que estas innovaciones generan o pueden generar. Y en cambio, voces más críticas apuntan a que de momento esas novedades aumentan el consumismo y la dependencia de las instituciones hacia las empresas proveedoras.
En la Declaración de Quito es precisamente este mensaje aséptico, despolitizado y de neutralidad tecnológica el que se asume, considerando simplemente la perspectiva de “smart city” como una oportunidad para las ciudades en este complejo inicio de siglo.
¿Alternativas?
Pero, ¿hay alternativas? Si vamos más allá del ámbito estrictamente tecnológico, la idea de que la ciudad pueda ser un espacio apropiado para experiencias colaborativas, nos acerca a la dinámica de innovación social y movilización comunitaria. En este sentido, han ido surgiendo propuestas que exploran nuevos caminos desde lógicas de sistema abierto, con participación directa de la gente, buscando que la tecnología sirva para reforzar la democratización de la ciudad y de los propios recursos tecnológicos. En algunos casos, con la reutilización de espacios vacíos para diversas utilidades y necesidades sociales (huertos urbanos), en otros con la gestión cívica de equipamientos públicos o de lugares ocupados, o con otras alternativas como monedas sociales (Subirats-García Bernardos, 2016)
También ha crecido el interés por ver en la ciudad un espacio privilegiado para replantear el dominio sobre el uso y la distribución de bienes considerados básicos, o bienes comunes, como el agua o la energía (Mattei, 2013). Desde otra perspectiva, se apunta a que la ciudad es por sí misma un espacio “procomún”, por su naturaleza abierta, compartida entre sus habitantes, y que necesita ser gestionada para preservar sus cualidades en la línea de cualquier otro bien común. Lo que implicaría entender el derecho a la ciudad como la expresión de la capacidad de sus habitantes de decidir sobre cómo gestionarla, cómo preservar sus recursos y espacios comunes, cómo asegurar su resiliencia. Con lo que ello implica desde el punto de vista del sistema de gobierno colectivo necesario para preservar ese “procomún”, desde lógicas más horizontales, colaborativas y policéntricas. Ello nos podría llevar a concepciones de co-producción de las políticas locales y de gobierno compartido (Foster-Iaione, 2016).
Es evidente que, en cualquiera de esas tesituras, la complementariedad entre nuevas concepciones sobre la ciudad, con la recuperación de la tradición comunitaria, y tecnología digital, será clave. Lo importante es entender la tecnología, no solo como una herramienta, sino más allá, un nuevo espacio en el que explorar nuevas respuestas a las necesidades democráticas, sociales y ambientales de las ciudades, yendo más allá de las alternativas que no cambian las lógicas de fondo de los temas y que tampoco facilitan la apropiación ciudadana de estas nuevas oportunidades. La fascinación tecnológica y los grandes efectos disruptivos que sus aplicaciones generan, está produciendo un efecto peligroso. El brillo y la sensación de control que envuelve cada nuevo aparato o aplicación, nos impide fijarnos en quién controla el proceso, qué jirones de nuestra identidad se van desprendiendo, quién acaba gobernando ese nuevo mundo lleno de viejas desigualdades.
El debate central es el de la soberanía tecnológica, que a su vez conecta con el acceso y la apropiación de los datos o el grado de apertura y de acceso a los sistemas operativos y las dinámicas de innovación. Y aquí de nuevo, los últimos epígrafes de la Declaración Final de Hábitat III se adhieren a lo prometedor que resulta esta capacidad de manejar y gestionar datos a gran escala generados por la ciudadanía de manera gratuita y desinteresada, sin poner en duda en ningún momento quién se apropia de esos datos, con qué fines y desde qué marcos cognitivos o de valores (O’Neil, 2016). Es un juego muy desigual si se compara la fuerza mercantil y tecnológica de las grandes empresas y corporaciones presentes en el escenario con las capacidades de las ciudades que sirven de escenario para que ello ocurra. Pero, es asimismo un incentivo para aquellos que quieran seguir dando la batalla por politizar una transformación que no tiene nada de natural, ya que sigue marginando y excluyendo personas y colectivos, y sigue distribuyendo desigualmente costes y beneficios.
El reto de la ciudad compartida, del derecho a la ciudad, pasa por saber y poder implicar a la ciudadanía en los procesos de diseño, creación y gestión de los recursos necesarios para la inclusión y el desarrollo humano en las ciudades, relacionando mejor necesidades y herramientas. Internet puede facilitar el que avancemos en ciudades inteligentes que partan de la inteligencia compartida de sus habitantes y que aprovechen de manera democrática y soberana los datos que entre todos producimos. Una ciudad en común y para el común (Rendueles-Subirats, 2016). Nadie mejor que los ciudadanos comunes para innovar y mejorar. Ciudadanos inteligentes en una ciudad compartida. Democrática.
 
*Joan Subirats es Dr. en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona; Catedrático de Ciencia Política y fundador e investigador del Instituto de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Referencias:
Abbott, J. (2013). Sharing the city: community participation in urban management. Routledge, Londres
Bauwens, M. (2005). The political economy of peer production. CTheory, 12-1.
Benkler, Y., (2006), The Wealth of Networks, How Social Production Transform Markets and Freedom, Yale University Press, New Haven
Benkler, Y. (2016), “Degrees of Freedom, Dimensions of Power” en Daedalus, 145, pp.18-32
Borch, C., & Kornberger, M. (Eds.). (2015). Urban commons: rethinking the city. Routledge, Londres
Fernández, M., 2016, Descifrar las Smart Cities, Me gusta Escribir, Barcelona
Foster, S.- Iaione, C. (2016), “The City as a Commons”, en Yale Law and Policy Review, 34, pp.281-349
Hess, Ch.-Ostrom, E., (2007), Understanding Knowledge as a Commons. From Theory to Practice, MIT Press, Boston
Kostakis, V., & Bauwens, M. (2014). Network society and future scenarios for a collaborative economy. Springer, New York
Mason, P., (2015), Postcapitalismo, Paidos, Barcelona
Mattei, U. (2013), Bienes Comunes, Trotta, Madrid
O’Neil, C., 2016, Weapons of Math Destruction. How Big Data Increases Inequality and Threatens Democracy, Crown, New York
Rendueles, C.-Subirats, J., Los (bienes) comunes, Icaria, Barcelona
Rifkin, J., (2014), La sociedad de coste marginal cero, Paidos, Barcelona
Subirats, J.-García Bernardos, A., (2016), Innovación social y políticas urbanas en España, Icaria
Artículo publicado en la edición 519 (noviembre) de la revista América Latina en Movimiento de ALAI titulada: “Las agendas del Hábitat”. http://www.alainet.org/es/revistas/519
 
DOS
 
CIUDADES: ¿HAY FUTURO?
 
*Jorge Rojas R.
ALAI AMLATINA, 02/12/2016
Nos convoca una reflexión sobre las ciudades del futuro, a propósito de la irrupción de un intento de poder político local en escenarios internacionales, siempre dominados por la lógica de los Estados que dicen representar a las naciones. 
Hábitat III es uno de esos espacios de discusión en los que el esfuerzo principal se orienta al reconocimiento del rol de las ciudades y de los gobiernos locales en temas claves de la agenda urbana como expansión, territorio, cambio climático, saneamiento básico, espacio público, seguridad e inclusión y bienestar social.
Más que ciudades de futuro como acción articulada del deber ser y del discurso políticamente correcto que repetimos, una y otra vez, en los foros internacionales, cabe la pregunta sobre el futuro de las ciudades. ¿Hay futuro?
Esta presentación está pensada para contribuir al debate desde una reflexión y desde una experiencia concreta. Con esta advertencia, pregunto:
¿Cómo concebir ese poder local desde sus posibilidades y sus límites? 
¿Desde qué ejes se pueden estructurar políticas locales que resuelvan asuntos locales enfrentando políticas nacionales e intereses multinacionales?
¿Cuál debería ser la relación de los gobiernos locales y las ciudadanías que habitan su territorio como acción institucional y como ejercicio de la democracia?
Veamos algunos aspectos que nos aproximan a estos debates:
1. Gobierno local no es poder real cuando de transformaciones se trata 
La posibilidad de ejercer gobiernos locales con programas democráticos e incluyentes es todo un desafío al capital financiero, a la especulación urbana, a la industria y el transporte contaminante, a formas arcaicas de eliminación de residuos y a modelos de ordenamiento territorial fundamentados en la segregación socio espacial en detrimento de los grupos más vulnerables.
Un gobierno local puede sucumbir o adaptarse a ese poder real con fórmulas cosméticas de "desarrollo urbano sostenible" e igualdad para todos (con lo cual salva su responsabilidad sin importarle el futuro de la ciudad y el territorio). También puede enfrentar ese poder real, pero solo es posible con la participación y movilización ciudadana, reconociendo su poder constituyente local y su capacidad de gobernar desde la legitimidad en los temas cruciales que va más allá de la representación política.
Decirlo es fácil, hacerlo es asumir todos los riesgos, tal y como ocurrió en la capital de Colombia cuando se implementó el plan de gobierno llamado Bogotá Humana entre 2012 y 2015. Fue un gobierno que enfrentó con éxito destituciones, persecución y engaño desde el poder central, acciones de saboteo y desprestigio del gran capital y manipulación informativa desde las corporaciones mediáticas.
2. Las políticas públicas para ejercer gobierno con decisión de poder
Desde las grandes ciudades es necesario adoptar políticas públicas de largo plazo que trascienden cortos periodos de gobierno y proyectan modelos sustentables en correspondencia con compromisos internacionales asumidos por los Estados como los objetivos de desarrollo sostenible y las metas para enfrentar el calentamiento global y el cambio climático.
Hay por lo menos tres ejes para diseñar y adoptar políticas locales en esta dirección:
1) Segregación social, derechos sociales, superación de pobreza y condiciones de igualdad; 2) Adaptación de ciudades al cambio climático y mitigación de sus efectos: ordenamiento territorial alrededor del agua; y 3) Defensa y fortalecimiento de lo público: modelo de desarrollo, corrupción, participación.
En general los partidos de derecha que representan el gran capital mantienen su inmensa capacidad de imponer el modelo neoliberal en las grandes ciudades, priorizando la seguridad y la confianza inversionista sobre los derechos sociales y ambientales.
3. Gobernabilidad local y poder ciudadano
Expresiones de izquierda que han ejercido poderes locales no siempre han estado en función de una agenda transformadora y sucumben ante el capital (el caso de Bogotá). La izquierda va detrás de un moviendo social más progresista en temas del cambio climático y aún no perfila políticas más claras de seguridad. La corrupción es aún más grave cuando de movimientos progresistas se trata.
Es preciso reconocer a la sociedad en su diversidad. No hay una sola ciudadanía como concepto hegemónico y hegemonizante que termina excluyendo a las personas más vulnerables. Hay ciudadanías, en plural, que es una forma de reconocer la diversidad y respetar las diferencias como un camino para construir gobernabilidad.
Múltiples causas por defender, muchos derechos por conquistar y muchos sujetos sociales en acción que deben tener una repuesta del gobierno local cuyos miembros deben asumirse como servidores públicos y no como simples funcionarios.
El otro desafío es convertir estos sujetos sociales en movilización en sujetos políticos en acción. Los sectores más vulnerables no se transforman en un movimiento social que participe y ejerza presión cuando se retrocede en derechos sociales. El sujeto social se asume como un sujeto pasivo que no se transforma en sujeto político.
Ahora bien, nada más global que las políticas locales en un mundo interdependiente. Lo que se haga o deje de hacer en las grandes ciudades, en las ciudades intermedias y en los municipios, tendrá consecuencias e impactos sociales y ambientales más allá de las fronteras. Por eso es necesario profundizar y fortalecer la irrupción del poder político local en los escenarios internacionales, con voz y voto, pero sobre todo, de la mano de las ciudadanías como expresión de una nueva democracia urbana y territorial.
 
*Jorge Rojas ha sido defensor de derechos humanos y activista por La Paz de Colombia en los últimos 25 años. Es comunicador social y tiene estudios de maestría en Relaciones Internacionales (Flacso). Fue secretario de Integración Social del gobierno de Bogotá 2012-2015.
Artículo publicado en la edición 519 (noviembre) de la revista América Latina en Movimiento de ALAI titulada: “Las agendas del Hábitat”. http://www.alainet.org/es/revistas/519
 
de: Alai-AmLatina <alai-amlatina@alai.info>
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artículo uno: fecha: 30 de noviembre de 2016, 13:16
asunto: [alai-amlatina] Nueva agenda urbana y smart city
artículo dos: fecha: 2 de diciembre de 2016, 15:12
asunto: [alai-amlatina] Ciudades: Hay futuro?
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Nota.- Para las  Nuevas Oleadas de Activistas NOA
 
COLECTIVO PERÚ INTEGRAL
5 de diciembre 2016

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